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Portada - La sombra del alma

Recuerda, cuerpo

Recuerda cuerpo es un libro que trata sobre el deseo. Lleva como cita unos hermosos versos del poeta griego Constantino Kavafis

"Recuerda, cuerpo, no sólo cuánto fuiste amado,
no solamente en qué lechos estuviste,
sino también aquellos deseos de ti
que en los ojos brillaron
y temblaron en las voces - y que hicieron
vanos los obstáculos del destino.
Ahora que todos ellos son cosa del pasado
casi parece como si hubieras satisfecho
aquellos deseos – cómo ardían,
recuerda, en los ojos que te contemplaban;
cómo temblaban en la voz, por ti, recuerda, cuerpo "


En él se habla de cuerpos amados y que nos amaron y también de los deseos imposibles; el deseo que hizo brillar unos ojos, que hizo temblar una voz, y que vuelve desde el pasado a arder en la memoria, tan vivo como entonces, pero teñido muchas veces de nostalgia o ironía.

Hay una reivindicación del cuerpo, que no aparece como cárcel del espíritu sino como el medio que nos permite comunicarnos. La mirada, la caricia, son instrumentos para romper el aislamiento, para llegar a los demás y que ellos lleguen a nosotros.

Es un libro que puede calificarse de erótico , aunque también el humor es un elemento muy importante .


Fragmento del cuento “La belleza del ébano”

"Todo transcurría según lo previsto hasta que Pierre tropezó con el dativo ético o de interés. No te me vayas por favor, dijo Teresa recalcando el me. Era innecesario desde un punto de vista lógico, le explicó, sólo indicaba la implicación del sujeto hablante en el hecho, su necesidad del otro.

Repitió: No te me vayas, mirándolo a los ojos para ver si lo había entendido, y entonces él, sentado a su lado en el sofá, siempre tan atento a sus explicaciones, la rodeó con sus brazos. Teresa pensó: Va a besarme. Después, invadida por sensaciones desconocidas, dejó de pensar. Los labios carnosos, grandes y húmedos, le trajeron por un momento el recuerdo de los labios finos y duros de Javier, pronto borrado por la extrañeza de su boca, explorada por una lengua larga y gruesa, que no evocaba otras caricias porque Javier sólo usaba la suya para hablar o mirársela en el espejo cuando tenía dolor de estómago. Atónita , lo vio quitarse la ropa despacio, con movimientos que eran una incitación a la caricia. Sintió sus manos, sus labios, su lengua desnudando y recorriendo su cuerpo. Se quedó sin aliento y sin ideas. Y las recuperó de golpe cuando lo vio erguirse desnudo por completo frente a ella . Pensó : Va a follarme un negro. Y después , o quizá antes , o quizá simultáneamente pensó que aquel negro era lo más bello que había visto en su vida. Se arrodilló ante él , rodeó con sus brazos las piernas poderosas, las caderas estrechas, las nalgas duras y fuertes y, segundos antes de que sus labios rozasen la piel oscura y caliente , de que su boca se abriese para acoger la erguida y palpitante columna, de que su lengua lamiese la tersa y suavísima corola, tuvo tiempo de pensar : lo más hermoso que veré nunca."

Este fragmento pertenece al cuento “El dardo de oro” :

".... Desde la primera noche le había dado miedo aquella especie de animal que de entre la maraña de pelo crespo del pubis levantaba de pronto una cabeza pelada, rojiza, sin ojos y con una pequeña boca húmeda . Le recordaba a las lampreas, una lamprea que se colaba en su cuerpo y le daba escalofríos. Durante mucho tiempo había creído que aquellos escalofríos eran el orgasmo de que Elvira hablaba, y seguramente Luis lo creía también. Se le agitaba la respiración, sí, y se estremecía, pero sentía alivio cuando la lamprea se encogía y volvía a su madriguera. Después del ángel supo que el placer era otra cosa. Con el ángel todo había sido distinto. El vello de su cuerpo era de oro bajo el sol, y sus ojos, azules como el cielo que ella veía , tumbada en la cubierta del velero. No había sentido temor ni vergüenza, había acariciado su sexo como se acarician las cosas hermosas, os tulipanes aún cerrado, los capullos de rosal cubiertos de gotas de rocío. Pero no era frágil como una flor sino duro y firme y caliente como un dardo de oro. Ella había sentido su calor penetrando en su cuerpo, hundiéndose hasta lo más hondo de sus entrañas, abrasándola en un ardor suavísimo y dulcísimo, y cuando él se retiraba ella sentía que la vida se le iba con él y lo apretaba dentro de sí , y ceñía su cuerpo con el suyo para retenerlo , y entonces él volvía y ella gemía de placer, y gemía de dolor al sentir que se iba. Y así una y otra vez , confundida toda ella en aquel calor y aquella suavidad y aquella dulzura, hasta perder los contornos, los límites de su cuerpo y del cuerpo del ángel, y todo era ya luz dorada y azul, y un dardo de fuego y oro uniendo los dos cuerpos, fundiéndolos con la inmensidad del mar y del cielo....
Muy poético, había dicho Elvira, lo cuentas que pareces Santa Teresa. Por eso había ido a leer el Libro de la vida y se lo había contado al páter, porque, en efecto, era tal cual, aunque el páter se escandalizase, y tenía que contárselo porque a Kostka ya se veía que no era adecuado y Elvira acababa proponiéndole un amante, incluso el guardaplayas, que también era rubio, qué locura, así que por eso se lo contaba al páter, porque necesitaba hablar de ello, sobre todo desde que empezó a plantearse la separación (...) Pero antes de decidirse , para evitar el asco o el dolor cerraba los ojos y pensaba en el ángel, y por eso se confesaba aunque el páter se impacientase: ¡Magdalena, hija, esto parece el cuento de la vieja!"

 

 

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